La alcaparra es una planta muy peculiar por varias razones. Para empezar ya su aspecto tosco nos avisa del peligro, pues los tallos están provistos de espinas de incluso más de 1 cm, con las que persuade a los animales de buscar allí alimento. Los tallos rastreros y generalmente secos tampoco la hacen llamar especialmente la atención, y ayudan a mantener al enemigo a raya.

Pero cuando le llega el momento de la floración hacia los meses de mayo o junio, lo hace con una exuberancia y belleza que hace imposible que pase desapercibida.

Su hábitat son taludes áridos de escaso contenido nutritivo, de hecho suele ser en las laderas orientadas al sur donde más prolifera y en tierras arcillosas expuestas todo el año al sol y lejos de humedales.

Lo más peculiar es que su adaptación a este duro medio es secando toda la parte aérea en otoño, para volver a emitir nuevos tallos en primavera. Estos nuevos tallos se extenderán por encima de los ya secos de años anteriores, formando un manto impenetrable.

Si fuera poco, además se trata de una planta con extensos usos medicinales. Es diurética, astringente, expectorante, antihemorroidal y depurativa, para lo que se emplean las raíces y las flores.

Y sí, es comestible y de un alto valor culinario. Pero a diferencia de lo que se podría pensar, la parte más buscada y apreciada no son sus frutos, sino los capullos de las flores en formación, que es lo que comúnmente se comercializa con el nombre de alcaparras.




Fotografías tomadas en los meses de mayo y junio de 2019 y 2020, junto al embalse de Béznar (Granada) .
