
En plena sierra de Ronda, en la provincia de Málaga, encontramos una pequeña villa de menos de 300 habitantes censados, que los árabes llamaron Faraján (lugar ameno, alegre y deleitoso).


Allí nace un manantial que data al menos de esa era musulmana a la que pertenecen los primeros asentamientos conocidos en estas tierras. El arroyo Balastar desemboca apenas a un par de kilómetros en el río Genal, pero a su paso riega las abancaladas «huertas de Balastar» a través de un sistema de acequias, excavadas en tramos en la propia roca. Todo forma parte de la herencia magrebí que podemos encontrar en el Valle del Genal. Ésta nos enseña la importancia del agua y cómo aprovechar este cada vez más escaso bien.

En el transcurrir del arroyo, se pueden contemplar dos excepcionales saltos de agua de 20 metros de altura cada uno, rodeados de las propias huertas de cítricos o almendros, entre los extensos bosques de alcornoques, encinas, quejigos, madroños y castaños de la zona.



Sin embargo este paraje natural sufre de la misma enfermedad que ataca en nuestros tiempos a todo el mundo rural, la despoblación. A pesar de la riqueza de los productos del campo y el monte de la zona, donde se cría un cerdo ibérico de extraordinaria calidad, cada vez es más difícil ganarse la vida con ello. Mientras tanto desaparecen servicios básicos «poco rentables» como el transporte público o un mero cajero automático, del que sin ir más lejos carece la población de Faraján.

Una de las alternativas de subsistencia que ha mitigado relativamente el problema de la despoblación en general es justamente el turismo rural que atraen las maravillas naturales como ésta.


Pero el visitar hoy las chorreras de Balastar es posible porque durante muchos siglos hubo gentes que quisieron asentarse y vivir de estas tierras, aprovechando, pero cuidando también la riqueza que mana del suelo. Sólo de esta forma el arroyo Balastar ha mantenido su tránsito entre las huertas de Faraján para seguir asombrándonos en su discurrir.






